Corría por la playa con los brazos en alto, riendo a carcajadas como un niño. Retozaba en los suaves pastos del atardecer. Desde la casilla lo veía correr. Aún sumido en La Ilíada intentando comprender la técnica de Homero, podía escuchar a Zorba alabar al viento.
-¿Cómo lo haces? -le pregunté.
-¿Cómo hago que? -me respondió.
Intenté ser más preciso.
-¿Cómo haces para disfrutar de tí mismo?
-Ahh eso. No espero nada. Descubro lo obvio y me maravillo nuevamente.
Mi rostro enjunto habló de mi confusión. Era demasiado extraño lo que el viejo me decía.
Transpirando y oliendo a salvia se sentó junto a mi.
-¿Qué esperas tú, patrón?
-Espero… -y callé.
-Tienes temor, y eso te paraliza.
Pensé nuevamente en su extraño modo de ver las cosas.
-¿Cómo lo haces? -volví a preguntar, maravillado por su sencillez brutal.
-Soy libre, patrón. No espero nada, no temo a nada, soy libre.
En silencio medité sus palabras intentando encontrar mis temores. Zorba se levantó e ingresó a la casilla.
-Hoy veré a la Bubulina, patrón – y haciendo una pausa continuó – ¿Irás a ver a la viuda?
El recuerdo de las generosas curvas de la viuda me apartó por completo de mis cavilaciones. Más allá de mis esperanzas y temores, concluí en lo bien que le hace a un hombre una mujer.
Quizás mañana continúe aprendiendo de Zorba en como ser un poco más niño. Hoy, en los brazos de la viuda, seré un poco más hombre.
